lunes, 1 de junio de 2020

NUEVA NORMALIDAD: COVID-19


Les comparto que desde hace mucho tiempo no había experimentado tanto temor como el que ahora me embarga ante la inminente llegada de la NUEVA NORMALIDAD como se le ha denominado al permiso que tendrán los ciudadanos de mi país, México, para salir de su confinamiento por la pandemia de COVID-19 en una etapa de contagio demasiado alta.

Durante estos casi tres meses de confinamiento, en los cuales por mi profesión he tenido la necesidad de salir a trabajar como personal del área de salud, he experimentado sentimientos encontrados de enojo y conmiseración al ver en la calle a personas en solitario o en grupos, que sin el menor cuidado preventivo no llevan cubrebocas o están realizando actividades recreativas. Es cierto que hay personas que por necesidad tienen que salir a realizar actividades económicas que les permita el sustento de sus familias, pero algunos de ellos sólo usan el cubrebocas como un requisito y no para protegerse o proteger a los demás. Lo tienen en el cuello, con la nariz descubierta, en la cabeza como diadema o peor aún en la bolsa del pantalón y al momento de estar cerca de otra persona o entrar a un establecimiento, se lo colocan sin el menor cuidado, contaminándose y esparciendo así a través de sus manos el virus por donde tocan.

Hay también personas “valientes” que piensan que no pasa nada, que esto es una mentira de la globalización o del gobierno, que es una conspiración, que no se tiene suficiente fe o confianza en Dios y bajo estos argumentos deambulan por todos lados como si nada sucediera a su alrededor, comportándose a mi juicio, de forma criminal, pues quien causa la muerte a otras personas se les llama asesinos.

Y es que a pesar de lo que hemos vivido hasta ahora, hay gente que no entiende la gravedad de la situación, y creen en la existencia del COVID-19 hasta que alguien cercano a ellos enferma o incluso muere, haciendo caso omiso a la gran cantidad de información que se recibe todos los días en los diferentes medios, en los cuales se mencionan cifras elevadas de infectados y muertos. Pero desafortunadamente, en ese proceso de creer o reconocer realmente la presencia de la enfermedad, los incrédulos se han convertido en fomites (objeto que contamina o esparce un patógeno) andantes, que han llevado la enfermedad por todos lados, afectando a los más vulnerables de nuestra sociedad.

Aun sigo viendo en la calle gente abarrotando el transporte público, gente que sale a los parques y avenidas a hacer ejercicios formando grandes grupos, existen grandes filas para comprar bebidas alcohólicas, o comida rápida en días festivos como lo fueron el 30 de abril, día del niño o el 10 de mayo, día de la madre. Lo que no saben esas personas y no dicen las autoridades, que unas 2 semanas después de esos eventos, los médicos observamos un incremento en el número de personas infectadas y en el número de muertos.

Ahora, con el arranque de la NUEVA NORMALIDAD, se dará luz verde a todas esas personas que antes no se cuidaban para que salgan a la calle haciendo como que se cuidan y de esta manera propagar la enfermedad con el riesgo de un repunte o rebrote de la infección.

Es cierto y entendible que se tiene que reactivar la economía de nuestro país, pues la gente no puede sobrevivir con una despensa cada 15 días (cuando bien les va) o con los recursos ahorrados que poco a poco ven mermándose. Y no sólo se tiene que reactivar en lo económico, sino también porque al perderse los trabajos, las personas se están quedando sin seguridad social médica, de tal manera que los pacientes con enfermedades crónico degenerativas corren el riesgo inminente de complicarse y morir al no tener su tratamiento diario, pues sin trabajo y sin dinero, es muy difícil mantener el medicamento de un paciente de este tipo comprando las medicinas.

Sin embargo, aunque es necesario, el retornar a la calle de forma precipitada es una apuesta peligrosa en la puede salir perdedor el pueblo.

Y pongo como ejemplo a la gran cantidad de compañeros del área de la salud que se han enfermado e incluso fallecido a pesar de conocer todos los protocolos de cuidado necesarios para no contagiarse (independientemente de que hayan recibido en tiempo y forma el equipo de protección necesarios). Entonces, ¿qué pasará con las personas que no saben o tienen la más mínima idea de cómo usar un cubrebocas o de realizar medidas profilácticas para el contagio?

¿Por qué nuestro país tiene una alta tasa de mortalidad (por qué se muere más gente enferma) en comparación con otras partes del mundo? ¿Será porque los médicos no tenemos las herramientas adecuadas para combatir esta enfermedad?, ¿el gobierno no está haciendo lo suficiente?, ¿la gente de nuestro país es más débil? Todos estos cuestionamientos tienen algo que ver con la alta mortalidad, pero de acuerdo a mi visión profesional y de lo que vivo en la consulta con mis pacientes, la gente tiene miedo de acudir a un hospital cuando está enferma del COVID-19, pues asocian ingreso hospitalario a muerte segura, lo cual no es real, ya que    desafortunadamente cuando acuden al hospital han dejado pasar varios días en los que la enfermedad ha evolucionado y presenta complicaciones avanzadas y difíciles de tratar. Lo cierto es que NUESTRA GENTE TIENE MIEDO DE MORIR AL HOSPITALIZARSE y este sentimiento hace que retarden acudir al hospital.

Ante esta nueva normalidad en el diario vivir, no podemos desobedecer las indicaciones de nuestras autoridades y a los que les toque salir a trabajar lo tendrán que hacer con todas las medidas preventivas posibles, siendo extremadamente cuidadosos en estas rutinas, con apego estricto a los protocolos que las empresas implementen, cambiándose de ropa, zapatos y bañándose inmediatamente lleguen a casa, evitando comer en la calle y sobre todo, creyendo que esta enfermedad si existe y que puede ser mortal para todos, pero más aún para los más vulnerables de nuestro hogar.

De valientes e ignorantes está lleno el cementerio y alrededor de su tumba, la gente que tuvo la desgracia de estar junto con ellos, víctimas de esta pandemia. Así que pensar que de algo nos vamos a morir o que es parte de una selección natural, deja de tener valor cuando la muerte es de alguien que amas.

Me disculpo por el tono de este mensaje, diferente al que acostumbro compartirles mes con mes desde hace más de 10 años, pero es desesperante para mí como médico, ver como cada semana mueren 1 o 2 personas cercanas, pacientes, amigos, colegas, compañeros de trabajo o simplemente conocidos.  Me preocupa ver que la gente no crea, no se cuide y ponga en peligro a los demás. Me angustia la angustia de las familias que tienen a uno de sus miembros infectados por COVID-19. Me duele el dolor que experimentan cuando existen fallecimientos.

Quizá resulte trillado escuchar que juntos podemos salir adelante de esta situación. Sin embargo, es mi deber como profesional de la salud insistir en que, con responsabilidad y compromiso en el bien común, unidos como sociedad podemos vencer esta pandemia, pues para cuidar mi salud debo pensar también en la salud de los demás.

Si no tienes que salir de casa, no lo hagas. Si necesitas salir, hazlo cuidándote y cuidando a los demás. No ocupes innecesariamente los servicios de salud. Si estás enfermo, acude al médico acorde a las indicaciones sanitarias actuales. Si estás sintiéndote muy mal o te das cuenta de que estás agravándote, acude al hospital, no dejes que el miedo a morir acabe con tu vida y que además contagies a otros miembros de tu familia.

El COVID-19 no es un invento y mucho menos algo con lo que se pueda jugar como en una ruleta rusa.

Dr. Carlos P. Baquedano Villegas
Especialista en Medicina Familiar

Cancún, Q. Roo, México. Junio del 2020